EL COMIENZO

PRÓLOGO

Camino Real de Tarinne, Primera Luna llena de otoño, año 339 DBT.

“Aquellos, firmes en la Fe,

limpios de mente y corazón,

gobernarán un día desde el Trono de Gloria

y su reinado resplandecerá

sobre reyes y emperadores.”

Extracto del Santo Libro de Tannaë
(Anónimo, siglo II A.B.T)

          De forma casi imperceptible los días se habían acortado, las noches se volvían más largas y frescas y el más mínimo soplo de aire arrancaba las hojas secas de los árboles.

          Eley sabía que el otoño había llegado. Lo veía en la alfombra de hojas amarillas que cubrían el suelo. Lo olía en el aroma a tierra húmeda que desprendía un bosque que ya había recibido las primeras lluvias. Pronto la nieve, que ahora solo cubría los riscos más altos, descendería por las laderas y cubriría los caminos con su manto blanco.

          Observó como Unna se apartaba del resto de la piara para caminar a su lado. Aquella marrana tenía un carácter peculiar. Tanor el posadero se reía cuando se lo decía. Unna era inteligente y muy independiente para ser una cerda. Por eso, en cuanto se descuidaba se apartaba de sus congéneres y buscaba su propio camino.

          Las sombras de la tarde eran largas cuando consiguió encerrar a todos los marranos en aquel cobertizo. Unna fue, como siempre, la última en cruzar la puerta. Al pasar a su lado se detuvo un instante y alzó su cabeza con sus ojillos vivos y brillantes. Eley recordó las chanzas de sus vecinos.

          “Estoy de acuerdo con Eley, Jonas, la marrana es inteligente ¿no crees?”

          “Por supuesto, Tanor, sin lugar a dudas es más inteligente que el porquero. Claro que eso no tiene mucho mérito ¿Verdad?”

          Nadie lo tomaba en serio cuando bajaba a la aldea y se los encontraba en El Buey Coronado. Tanor se reía. También se reían Jonas, y Kandar y Balen.

          Sinber, el viejo posadero al menos lo escuchaba. De vez en cuando hasta le decía que no hiciera caso de ellos. Pero Sinber ahora estaba muerto y Tanor, el nuevo posadero no le resultaba simpático. Esa era una de las razones por las que Eley cada vez demoraba más bajar al pueblo.

          Los vecinos se burlaban de él. Hasta los chiquillos imberbes que habían conocido aún menos primaveras que Unna le insultaban. “Tonto, simple, imbécil”. Aquello le molestaba, pero a su incomodidad se añadía otro hecho. Últimamente no se hablaba de otra cosa que de la guerra.

          Odiaba las guerras. Odiaba hablar o que se hablara de ellas. Donde otros veían gloria él solo adivinaba muertes y sufrimiento. Sí, Eley odiaba las guerras y toda clase de violencia. En cierta ocasión, siendo muchacho, su tío Toery lo rescató cuando una panda de ocho muchachos le molían a patadas y puñetazos. Nunca se había defendido, siempre había puesto la otra mejilla. Aquella era una de las razones por las que le burlaban. Pero Eley sabía que él no era tonto. Su propia abuela, en el lecho de muerte se lo había confirmado.

          “Eley, criatura, no permitas que nadie más se burle de ti. Y si lo hacen recuérdales lo que dijo la Santa, que algún día los inocentes serían dichosos a su lado, que algún día los inocentes como tú, fieles en la Fe de la Santa pondréis y quitaréis a los reyes de sus tronos.”
Eley se lo repetía a menudo. En ocasiones su pensamiento tomaba forma de palabra y las gentes creían oírle murmurar.

          “Mi abuela lo dijo, algún día pondré y quitaré a reyes de sus tronos”

      Eley encerró a los puercos en el cobertizo. El aire le trajo un olor más intenso a humedad y al momento siguiente arrastraba ya algunas gotas de agua. Comenzaba a llover. Llovería durante muchos días en aquella estación hasta superar el invierno y la nueva primavera y llegar de nuevo al verano.

          Pensó en coger algo de la leña que tenía apilada a la vuelta, pero finalmente desistió. Reservaría la leña para más adelante. Podría dormir bien tapado con su vieja manta. Aún no hacía tanto frío como para aquello.

        Eley conocía el frío. La sensación de mil agujas atravesando sus huesos hasta el tuétano. Cuando aquello ocurría y la nieve se acumulaba varios pies a los lados del camino, era el momento de bajar hasta el valle, encerrar el ganado allí y soportar las incomodidades que le suponía pasar varias semanas en la aldea.

          Se aseguró de que el ganado tenía suficiente paja y agua en la cuadra de al lado y se acomodó debajo de la manta en el momento en que desaparecía la última luz.

*          *          *

         Debía ser noche avanzada cuando despertó. Había arreciado el viento y silbaba al pasar entre las copas de los árboles y colarse por entre las piedras del refugio. La temperatura había descendido y su brazo derecho, que había quedado al descubierto, estaba tan aterido que seguramente había causado su desvelo.

          Eley cubrió su brazo de nuevo con la manta y se lamentó por no haber prendido un pequeño fuego. Al fin y al cabo todos los años le sobraba alto de leña cuando se decidía a bajar al valle. Cambió de postura ofreciendo su espalda hacia la pared y cerró los ojos confiando en recuperar pronto el sueño. Aquello no sucedió de forma inmediata. Era extraño, al finalizar el día Eley solía encontrarse tan exhausto que dormía con facilidad y, a menudo de un tirón.

          Aún envuelto en su manta, se sentó frotándose los ojos con las manos. Una tenue luz penetraba desde el exterior. Seguramente el cielo se había abierto dejando ver una luna casi llena. Oyó ruidos en la cuadra. Algo parecía inquietar a los marranos. En un primer momento no se preocupó, pero cuando los topetazos y gruñidos se mostraron insistentes, decidió asomarse. Tal vez alguna alimaña había encontrado la forma de colarse entre los animales. Eley abandonó la paz de las mantas y se echó la capa por encima dispuesto a salir al exterior.

          Se asomó a la cuadra, momento que los animales escogieron para recuperar la calma. Eley sonrió mirando a los marranos a la luz de la luna. Recorrió con la mirada la figura de Tex y Jali, del inquieto Toe, de la rezungona Mei y, por supuesto de Unna que había abandonado su lecho y había invadido el lugar de Mei. Seguramente aquello había sido la causa de la discordia. Trató de convencer a Unna de que volviera a su sitio, pero la marrana insistió en permanecer en el sitio de Mei. Un soplo de aire frío erizó los pelos de sus tobillos y comprendió. En la parte de pared donde dormía Unna, las piedras dejaban mucho espacio por el que se colaba el aire frío. Debería buscar un remedio para aquello.

          Contempló una vez más a sus cerdos y luego salió asegurándose de que la puerta quedara bien cerrada. Luego miró hacia el cielo. La noche era clara y la luna dibujaba la silueta de los árboles y de las montañas. Aspiró el aire. Olía a hierba húmeda, a madera, a bosque… Caminó con la esperanza de recuperar el sueño.

          En la aldea eran unos engreídos. Tanor por ser el dueño de la posada, Jonas por ser el dueño del molino, Kandar por la herrería. Todos se reían de Eley, pero Eley tenía la montaña, el bosque, los caminos a la luz de la luna y todo el aire fresco del mundo. Y algún día, de ser cierto lo que dijo su abuela, Eley pondría y quitaría incluso a reyes de su trono. Se sobresaltó al oír un sonoro aullido. El joven lobo blanco aullaba a la luna desde las rocas más al este. ¿Debía temerlo? No. Aún era el principio del otoño. El joven lobo blanco tenía a su disposición mucha caza. Los lobos solo debían preocuparle cuando el otoño avanzaba y se aproximaba el invierno. Entonces se volvían osados, pero para entonces habría bajado ya al pueblo.

           En su intención no estaba alejarse demasiado del refugio. Pero la noche era clara, sus ojos estaban abiertos como platos sin ningún resquicio de sueño y todo invitaba a caminar. Cuando quiso darse cuenta había cruzado ya el regato saltando sobre las piedras resbaladizas que lo salvaban.

          Un nuevo ruido atrajo su atención. Procedía de más arriba y tardó en reconocerlo. No era ruido de ningún animal ni podían hacerlo los árboles mecidos por el viento. Aquel era ruido de humanos. Jinetes. Identificó su origen. Más arriba de la ladera y hacia el oeste. Sí, debía tratarse del Camino Real. Alguien, por el sonido al menos siete u ocho hombres, cruzaban el bosque y lo llenaban del golpeteo rítmico de los cascos y de las hebillas metálicas y de sus armas…

          Sintió rechazo. Sintió incluso miedo. No era habitual que alguien se internara en el bosque de noche, y menos forasteros a caballo. No sentía ningún deseo de encontrarse cara a cara con ellos. ¿Forajidos? ¿Caballeros? ¡Qué más daba! Quien quiera que fuera había venido a interrumpir la paz de la noche y su paseo. Lo más sensato sería volver al refugio e ignorarlo.

          Pero no lo hizo. Eley tomó un sendero que ascendía de forma tortuosa hasta el camino. Extremó las precauciones cuando estuvo cerca del camino y pisó con cuidado para no hacer ruido. Luego se ocultó entre la maleza justo en el momento en que la luz de unas antorchas daba la vuelta a una curva y penetraba en aquel tramo de camino. Eley cerró los ojos. Acostumbrado a la suave luz de la luna, aquel brillo chisporroteante le hacía daño en los ojos. Tardó algo en acostumbrar su visión a la luz y miró en aquella dirección del camino. Eran cinco jinetes. Uno de ellos venía embozado en un hábito gris y tenía su cabeza cubierta por una amplia capucha. Los otros hombres, impecablemente vestidos de verde y oro, debían ser hombres de Jaun Rodei de Tarinne.

       Eley contuvo la respiración cuando oyó a un averroja cantar. Al momento una inquietud se apoderó de él. Toery siempre decía que las averrojas sólo cantaban de día. Al momento supo que algo iba a pasar y deseó con todas sus fuerzas no encontrarse allí sino en el refugio junto a Unna, Mei, Toe, Tex y Jali.

          Los jinetes estaban tan cerca que casi podía oler su aliento. Pudo oír como dos de ellos hablaban.

          -Dijiste que estaríamos en Xemira poco después del anochecer.

          -Calculé mal…

          -¡Maldita sea Gron!

         -Ya te dije que hacía tiempo que no recorría este camino. Además, fue cosa vuestra lo de salir más tarde de Tarei. En cualquier caso, ya no podemos tardar mucho en llegar -El hombre que hablaba miró hacia el borde del camino pensativo- ¿lo habéis oído?

          Luego todo sucedió muy rápido. Las ramas chirriaron, las flechas silbaron, los caballos piafaron y tres de los guardas cayeron al suelo muertos. El hombre embozado en la túnica pareció confuso un momento y luego cayó también atravesado por el pecho y la espalda cuando parecía buscar en su cintura la espada que no portaba. El único guardia que quedaba vivo espoleó el caballo presa de la desesperación, pero su montura, encabritada, lo lanzó al suelo al borde del camino. Eley oyó el ruido de las ramas al quebrarse. El cuerpo del cuarto hombre descendía por el precipicio del borde marcando un surco a su paso por entre los helechos.

        Eley tiritaba y no tenía frío cuando vio que cuatro sombras surgían de entre los árboles, muy cerca de él, y entraban en el camino. Se pegó más al tronco cuando la luz de una de las antorchas que sostenían rozó su escondite.

          -¿Lo has encontrado?

          -No, el monje no lleva nada.

      -¡Maldita sea, no nos pagarán nada por matar guardias y monjes! ¡Tenemos que encontrarlo! ¿Has buscado bien?

           -¡Sí, joder, sí he buscado bien!

          -Registrad también a los soldados.

          -¿Los soldados?

          -Sí, eso dije, ¡Buscad!

          La luz de la antorcha se alejó un poco de su escondrijo y unas nubes se interpusieron ante la luna. Eley aguardó mientras los hombres completaban su registro y permaneció un rato más después de que siguieran el camino entre maldiciones. Desde el borde del camino un olor acre penetraba por sus fosas nasales. Era el olor de la sangre. Dobló una rodilla y notó que las piernas aún le temblaban. Se forzó a dar un paso y luego otro alejándose del camino.
Odiaba las guerras, odiaba la violencia, pero de algún modo la guerra había llegado hasta allí, hasta su bosque, hasta apenas unos metros de su refugio. Comenzó a retroceder por el mismo camino que le había llevado a la vereda del camino. La noche era un juego de luces con la luz de la luna apareciendo y desapareciendo entre las nubes y los árboles. Cuando se encontraba cerca del arroyo, la luna se ocultó de golpe y unas gotas finas comenzaron a colarse entre las copas de los árboles. Tropezó con algo y cayó al suelo. Se levantó con las manos arañadas y manchadas de tierra. Se sentía desconcertado. “Esa roca o lo que fuera no estaba ahí antes”. Un escalofrío recorrió su espalda. Había sentido un tacto blando junto a su tobillo antes de caer. ¿Qué era aquello?

          Eley palpó a tientas en la oscuridad y reconoció el tacto de la tela y la temperatura aún tibia de un cadáver. La luna salió de entre las nubes y lo reconoció. Era uno de los soldados que habían caído en la emboscada del camino. Tras deslizarse por la pendiente el hombre se había golpeado contra las rocas a la orilla del arroyo quedando con el cuello retorcido en una postura antinatural.

          Retiró la mano con nerviosismo y se incorporó dispuesto a alejarse de aquel cuerpo desmadejado cuanto antes. Pero la curiosidad lo retuvo y el brillo de sus ojos inertes muy abiertos a la luz plateada de la luna lo cautivó. Parecía bastante joven y de constitución menos corpulenta que el resto de los soldados y el monje.

           El joven lobo blanco volvió a aullar esta vez desde una posición más alejada que antes. Eley retiró un instante la mirada del cadáver y miró a su alrededor. Tal vez los asaltantes vinieran hacia allí para registrar también a aquel soldado. Pero no. Los había visto bajar por el camino en dirección a Xemira.

           Volvió a mirar al hombre y reparó en que su brazo derecho había quedado apresado debajo de su cuerpo. Le pareció ver que sostenía algo en su mano. Algo así como un tubo metálico. Sin pensar bien en lo que hacía, empujó con su pie el cuerpo que rodó un poco más dejando su brazo libre. Eley se recriminó el gesto. No estaba bien tratar con tan poco respeto a un muerto. Su espíritu podría indignarse y quién sabe que venganza podría buscar. Pero le podía la curiosidad. Tanto le podía que ni siquiera se planteó que aquellos hombres pudieran buscar aquel objeto y que podían volver a reclamárselo.

          Tomó el tubo metálico entre sus manos y lo examinó. El tubo contenía algo en su interior. Buscó a la luz de la luna hasta que dio con el cierre y abrió la tapa. Un pergamino se deslizó por el metal y fue a parar a sus manos. Estaba lacrado pero a aquel hombre ya no le servirían sus secretos en la otra vida. Eley soltó el lacre y examinó el documento a la luz de la luna. No sabía leer. No podía saber de que trataba, pero a la luz plateada los trazos refulgían y los adornos de las letras impregnaban el papel de color.

           Desenrrolló completamente el pergamino y evaluó su tamaño.

           “Sí, aquello serviría”.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s