UNA MIRADA AL PASADO

En el testamento de Ariander los hechos se desarrollan a partir del año 356 D.B.T. Es importante no perder de vista dónde y cómo empezó todo:

 

Diario de Jofer Taroe. 20º día de la Tercera Luna de verano, año 339 D.B.T.

            Todo apunta a que mañana será el gran día. Arbennir volvió exultante y aseguró que la negociación estaba madura. Al parecer, a pesar de la extrema tozudez del khalid, los notables de la ciudad son conscientes de su absoluta derrota. Sus últimas esperanzas de obtener refuerzos de Isannae y de allende el mar, se han esfumado. Nadie apoya a Hannes IV y su propio pueblo le reprocha haber quebrado la paz.

            Según Arbennir, el propio alim de Thiennar, privado de su alimato ha acusado en público al khalid de haber atraído las iras de los pueblos hipagios. Hannes ahora sabe que si no cede, no solo perderá por conquista tres cuartas partes de su reino, sino también su cabeza.

            Mañana, por lo tanto, se abrirán las puertas de Hamar. Ariander aceptará la rendición de los hamari y concederá tres días de gracia a la ciudad. Al cuarto día, cruzará las puertas de ébano y entrará en la historia como Ariander III el Grande, el Conquistador, el Rey de Reyes, el Unificador de reinos, el Martillo de la Fe. La historia le recordará como el más grande rey de los hipagios, y su grandeza sólo será comparable con la del bendito Dhaoras, vencedor en la encrucijada de Trendia.

Diario de Vinton Zare. 21º día de la Tercera Luna de verano, año 339 D.B.T.

            ¿Cómo explicar la desgracia que nos acecha? ¿Cómo, en el ascenso de la montaña, encontrarse a un paso de la más alta cima imaginable y un instante después ver tan de cerca la condenación?

            El dolor y la rabia me impiden expresar con claridad lo ocurrido esta mañana. Debiera empezar por el principio. Hablar de nuestras tropas en formación vestidas de gala, abrazando en un semicírculo la ciudad de Hamar. Hablar de las puertas de la ciudad abriéndose y de Hannes IV y su corte avanzando con traje de duelo, dispuestos a sellar su rendición. Hablar… pero no, empezaré por el final. Ariander vive, Ariander es rey, pero yace en su lecho víctima de una traición.

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            Yo me encontraba a la diestra del rey, hablando con Arbennir. En mis manos sostenía el documento que había de sellar la capitulación y la gran victoria de nuestro rey y nuestro pueblo. Aún la siento, como una repentina ráfaga de viento en mi propia nuca. Aún escucho el zumbido siniestro del destino que nos arrebató este día. Luego la confusión.

            Erbin fue el primero en reaccionar. Al momento de que Ariander, herido con una flecha en su espalda, se desplomara de su montura, él ya se encontraba sosteniéndolo en el suelo entre sus brazos. Jofer acudió como un loco y casi apartó a Erbin de un empellón. Los hombres cargaron al rey y lo portaron hasta su tienda. Rimelan y Nathaner se apresuraron a salir en pos del arquero. En aquel momento ni siquiera miré hacia las puertas de la ciudad. Me lo contaron después. Hannes detuvo su avance al percibir la conmoción en nuestras filas. Luego retrocedió y volvió a entrar en su ciudad. Las puertas de Hamar se cerraron detrás de él.

            Es de noche y en el exterior de mi tienda oigo ruido de caballos. Jinetes que van y vienen. Nuestro campamento se ha convertido en un hervidero y la unidad de nuestro ejército se resquebraja. ¡Osanna quiera que Ariander viva! Y si escucha mis oraciones, que lo restablezca pronto.

Diario de Bathon Leig. 22º día de la Tercera Luna de verano, año 339 D.B.T.

            La Alianza de la Guerra Santa se desmorona. Ayer Nathaner partió con la mayoría de sus hombres hacia el norte, de vuelta a sus tierras. En su día aconsejé al rey que no concediera mando y tropas a su pupilo. Pero Ariander, en los últimos tiempos, no escuchaba nuestros consejos, sólo los susurros de Rai Madin. Fruto de ello fue ayer su mayor gloria y hoy su caída.

            Rai Madin… Él tampoco aparece. Algunos hombres aseguran que partió hacia el norte la noche antes de que alguien atentara contra el rey. Otros fantasean con que fue el propio Madin quien sostuvo el arco y envió la flecha para luego darse a la fuga. Lo cierto es que nadie puede precisar cuando partió el confesor de Ariander, y ninguno de nuestros hombres acepta el discurso del Capitán General de los soldados de la Fe cuando asegura que Madin partió la víspera a instancias del Sumo Creyente.

            Lo que es cierto es que, si bien Madin pudiera hallarse detrás de la conjura, no fue el santón el que sostuvo el arco. Nadie había visto jamás al hombre con un arma “impura” como gustaba de calificar, y el propio Nathaner dio con el cadáver del arquero. Cuando comprobamos que alguien lo había degollado, supimos que la conspiración que había buscado la muerte del rey se había urdido ante nuestras narices, y que él o los responsables habían procurado el silencio de su hombre.

            Pregunté a algunos hombres a ver que sabían de la marcha de Nathaner y me respondieron que partió en persecución del Confesor, que tenía buenas razones para creer que había huido en esa dirección y que era el responsable del atentado. Pero otros, afines a su primo Orander, aseguran que fue el primero en atrapar al arquero y que su propia mano pudo haber degollado al infeliz. No he podido hablar con Orander…

Diario de Arbennir Eferas. 23º día de la Tercera Luna de verano, año 339 D.B.T.

            Las negociaciones han sido tensas. Hanes parece haber recuperado su vitalidad y buena parte de su poder. En Hamar saben contar, saben que cada día nuestras fuerzas disminuyen y que nuestra unidad se ha resquebrajado. Cuando Hanes aseguró que los refuerzos que esperaban estarían a las puertas en dos semanas, miré hacia Rahir de Thiennar. El depuesto alim asintió. Doy por buena la noticia.

            En nuestro campamento todo es aún más difícil. Es Rimelan el que va de tienda en tienda tratando de que los distintos señores y comandantes de los reinos y de las órdenes de la Fe se mantengan tranquilos y unidos. No lo envidio. Su labor es mucho más delicada que la mía en estos momentos. Mucho más cuando algunos de nuestros hombres más importantes han partido ya hacia el norte. Primero Nathaner, luego Orander… No fue buena cosa poner armas y hombres a su mando. Son dos niños rabiosos, celosos uno del otro y no espero nada bueno de ellos.

            Hace un momento visité la tienda de Jofer. Fue una pérdida de tiempo. Como debí suponer estaría al lado de Ariander, velando por la salud de nuestro monarca. Hacia allí me dirigí. Me sorprendió el olor al entrar en la tienda. Quien visita un campamento militar conoce aquel hedor a carne putrefacta. Ariander deliraba con paños húmedos sobre su frente. Jofer estaba sentado en un rincón con la mirada perdida en el vacío.

            “Jofer” le saludé y el médico agitó la cabeza.

            “Tiene mucha fiebre”

            “Y mal color” indiqué. No era difícil reparar en que además de una palidez extrema, el cuerpo del rey empezaba a adquirir un tono verdoso.

            Las palabras de Jofer me sobrecogieron. No las esperaba. No quería escuchar esas palabras ni ver el rostro congestionado del médico. Alguien que desde su juventud había mostrado tanta sangre fría salvando vidas. Un hombre tan capaz que en aquel instante se veía derrotado y superado.

            “Se nos muere, Arben, se nos muere”

Diario de Rimelan Tanir. 23º día de la Tercera Luna de verano, año 339 D.B.T.

            Orander partió esta mañana. Traté de evitar su partida, le dije claramente que era un error, que Nathaner no podía estar detrás de la muerte de Ariander. ¿Muerte? Sí, he escrito muerte. Mi subconsciente me traiciona o me proporciona una lucidez de la que alguno de mis colegas parece adolecer.

            Quizás Erbin sea el único que asume como yo que el rey está más en brazos de la muerte que de la vida. Lamentablemente mis discrepancias con el mercachifle son mayores que las coincidencias. Los demás siguen dando vueltas alrededor del lecho del enfermo. ¡Cómo si pudieran hacer algo por evitar lo inevitable!

            Tal vez debiera haber partido al norte con Orander. Tal vez no tenga tanto derecho de sangre como Nathaner al trono, pero es el hombre más apropiado para llevar el reino. Un hombre fiel a sus ideas, un hombre duro pero honorable… No sé por qué permanezco aquí, al lado de un hombre que no escuchaba mis consejos, un hombre que desde la grandeza decidió ser un esclavo de la Fe.

Diario de Erbin Joltanner. 25º día de la Tercera Luna de verano, año 339 D.B.T.

            En el día de hoy, en la segunda hora de la tarde, Ariander III murió. Vinton nos convocó al mediodía y allí, los hombres del estado mayor del rey, nos reunimos en torno a su lecho.

            Jofer parecía destrozado. En mi opinión, tal vez un hombre con más experiencia pudiera haber hecho más, pero quizás mi opinión sea injusta con él. También estaban los demás, incluidos Rimelan y Vinton. Ambos hubieran estado encantados de que Ariander me hubiese exiliado junto con mi Señor aquella aciaga noche en Thiennar. Lo cierto es que estuve dispuesto a acompañarle en su destierro y lo hubiera hecho si Arbennir no me hubiese frenado entonces.

            “Si lo hacéis, Ariander exigirá vuestra cabeza. Aranor es desterrado porque el rey no puede derramar su propia sangre estando ungido como rey de reyes de la Guerra Santa. Pero vuestra sangre no mancharía la bendición de Saito”

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            Pero Ariander expiró. Unos instantes antes del último suspiro abrió sus ojos febriles y nos miró desde el lecho. Se encontraba demasiado débil para articular palabra, pero nos recorrió con sus ojos, reconociéndonos, taladrándonos con esa mirada severa que adoptaba en su trono.

            Tenía los ojos hundidos y los cabellos húmedos que formaban bucles sobre su frente. Vinton, el secretario del rey, se acercó y preguntó a Ariander.

            “En vuestra ausencia ¿quién reinará?”

            Pero Ariander cerró los ojos y negó con la cabeza y nos miramos unos a otros en silencio hasta que el rey volvió a abrir sus ojos.

            Esta vez no nos miró, tan solo miró hacia el techo de su tienda con la mirada perdida y murmuró el nombre de una mujer.

            “Laisa…”

            Luego su cabeza se relajó. Jofer acercó un espejo a su boca y comprobó que no se empañaba. Todos nos quedamos en silencio, deseando que fuera otro el que dijera la primera palabra. Fue Jofer el que habló remarcando lo obvio.

            “Nuestro rey, Ariander III, ha muerto”

            Arbennir se derrumbó en una banqueta envuelto en un mar de lágrimas y los demás apartaron los ojos del difunto, unos haciendo gestos religiosos, bendiciendo el tránsito del rey, y otros con el abatimiento escrito en el rostro. Incluso Rimelan se limpió una lágrima de la mejilla. Vinton, como secretario del rey, obligado a llevar el orden de las sesiones del Alto Consejo, habló:

           “Ariander ha muerto sin heredero directo. En ausencia del mismo, será su testamento firmado, sellado y depositado en el Santuario de Tarinne, el que contenga su designación. El Testamento, presentado a la Alta Cámara del reino deberá ser reconocido y validado como su palabra y su ley”

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EL COMIENZO

PRÓLOGO

Camino Real de Tarinne, Primera Luna llena de otoño, año 339 DBT.

“Aquellos, firmes en la Fe,

limpios de mente y corazón,

gobernarán un día desde el Trono de Gloria

y su reinado resplandecerá

sobre reyes y emperadores.”

Extracto del Santo Libro de Tannaë
(Anónimo, siglo II A.B.T)

          De forma casi imperceptible los días se habían acortado, las noches se volvían más largas y frescas y el más mínimo soplo de aire arrancaba las hojas secas de los árboles.

          Eley sabía que el otoño había llegado. Lo veía en la alfombra de hojas amarillas que cubrían el suelo. Lo olía en el aroma a tierra húmeda que desprendía un bosque que ya había recibido las primeras lluvias. Pronto la nieve, que ahora solo cubría los riscos más altos, descendería por las laderas y cubriría los caminos con su manto blanco.

          Observó como Unna se apartaba del resto de la piara para caminar a su lado. Aquella marrana tenía un carácter peculiar. Tanor el posadero se reía cuando se lo decía. Unna era inteligente y muy independiente para ser una cerda. Por eso, en cuanto se descuidaba se apartaba de sus congéneres y buscaba su propio camino.

          Las sombras de la tarde eran largas cuando consiguió encerrar a todos los marranos en aquel cobertizo. Unna fue, como siempre, la última en cruzar la puerta. Al pasar a su lado se detuvo un instante y alzó su cabeza con sus ojillos vivos y brillantes. Eley recordó las chanzas de sus vecinos.

          “Estoy de acuerdo con Eley, Jonas, la marrana es inteligente ¿no crees?”

          “Por supuesto, Tanor, sin lugar a dudas es más inteligente que el porquero. Claro que eso no tiene mucho mérito ¿Verdad?”

          Nadie lo tomaba en serio cuando bajaba a la aldea y se los encontraba en El Buey Coronado. Tanor se reía. También se reían Jonas, y Kandar y Balen.

          Sinber, el viejo posadero al menos lo escuchaba. De vez en cuando hasta le decía que no hiciera caso de ellos. Pero Sinber ahora estaba muerto y Tanor, el nuevo posadero no le resultaba simpático. Esa era una de las razones por las que Eley cada vez demoraba más bajar al pueblo.

          Los vecinos se burlaban de él. Hasta los chiquillos imberbes que habían conocido aún menos primaveras que Unna le insultaban. “Tonto, simple, imbécil”. Aquello le molestaba, pero a su incomodidad se añadía otro hecho. Últimamente no se hablaba de otra cosa que de la guerra.

          Odiaba las guerras. Odiaba hablar o que se hablara de ellas. Donde otros veían gloria él solo adivinaba muertes y sufrimiento. Sí, Eley odiaba las guerras y toda clase de violencia. En cierta ocasión, siendo muchacho, su tío Toery lo rescató cuando una panda de ocho muchachos le molían a patadas y puñetazos. Nunca se había defendido, siempre había puesto la otra mejilla. Aquella era una de las razones por las que le burlaban. Pero Eley sabía que él no era tonto. Su propia abuela, en el lecho de muerte se lo había confirmado.

          “Eley, criatura, no permitas que nadie más se burle de ti. Y si lo hacen recuérdales lo que dijo la Santa, que algún día los inocentes serían dichosos a su lado, que algún día los inocentes como tú, fieles en la Fe de la Santa pondréis y quitaréis a los reyes de sus tronos.”
Eley se lo repetía a menudo. En ocasiones su pensamiento tomaba forma de palabra y las gentes creían oírle murmurar.

          “Mi abuela lo dijo, algún día pondré y quitaré a reyes de sus tronos”

      Eley encerró a los puercos en el cobertizo. El aire le trajo un olor más intenso a humedad y al momento siguiente arrastraba ya algunas gotas de agua. Comenzaba a llover. Llovería durante muchos días en aquella estación hasta superar el invierno y la nueva primavera y llegar de nuevo al verano.

          Pensó en coger algo de la leña que tenía apilada a la vuelta, pero finalmente desistió. Reservaría la leña para más adelante. Podría dormir bien tapado con su vieja manta. Aún no hacía tanto frío como para aquello.

        Eley conocía el frío. La sensación de mil agujas atravesando sus huesos hasta el tuétano. Cuando aquello ocurría y la nieve se acumulaba varios pies a los lados del camino, era el momento de bajar hasta el valle, encerrar el ganado allí y soportar las incomodidades que le suponía pasar varias semanas en la aldea.

          Se aseguró de que el ganado tenía suficiente paja y agua en la cuadra de al lado y se acomodó debajo de la manta en el momento en que desaparecía la última luz.

*          *          *

         Debía ser noche avanzada cuando despertó. Había arreciado el viento y silbaba al pasar entre las copas de los árboles y colarse por entre las piedras del refugio. La temperatura había descendido y su brazo derecho, que había quedado al descubierto, estaba tan aterido que seguramente había causado su desvelo.

          Eley cubrió su brazo de nuevo con la manta y se lamentó por no haber prendido un pequeño fuego. Al fin y al cabo todos los años le sobraba alto de leña cuando se decidía a bajar al valle. Cambió de postura ofreciendo su espalda hacia la pared y cerró los ojos confiando en recuperar pronto el sueño. Aquello no sucedió de forma inmediata. Era extraño, al finalizar el día Eley solía encontrarse tan exhausto que dormía con facilidad y, a menudo de un tirón.

          Aún envuelto en su manta, se sentó frotándose los ojos con las manos. Una tenue luz penetraba desde el exterior. Seguramente el cielo se había abierto dejando ver una luna casi llena. Oyó ruidos en la cuadra. Algo parecía inquietar a los marranos. En un primer momento no se preocupó, pero cuando los topetazos y gruñidos se mostraron insistentes, decidió asomarse. Tal vez alguna alimaña había encontrado la forma de colarse entre los animales. Eley abandonó la paz de las mantas y se echó la capa por encima dispuesto a salir al exterior.

          Se asomó a la cuadra, momento que los animales escogieron para recuperar la calma. Eley sonrió mirando a los marranos a la luz de la luna. Recorrió con la mirada la figura de Tex y Jali, del inquieto Toe, de la rezungona Mei y, por supuesto de Unna que había abandonado su lecho y había invadido el lugar de Mei. Seguramente aquello había sido la causa de la discordia. Trató de convencer a Unna de que volviera a su sitio, pero la marrana insistió en permanecer en el sitio de Mei. Un soplo de aire frío erizó los pelos de sus tobillos y comprendió. En la parte de pared donde dormía Unna, las piedras dejaban mucho espacio por el que se colaba el aire frío. Debería buscar un remedio para aquello.

          Contempló una vez más a sus cerdos y luego salió asegurándose de que la puerta quedara bien cerrada. Luego miró hacia el cielo. La noche era clara y la luna dibujaba la silueta de los árboles y de las montañas. Aspiró el aire. Olía a hierba húmeda, a madera, a bosque… Caminó con la esperanza de recuperar el sueño.

          En la aldea eran unos engreídos. Tanor por ser el dueño de la posada, Jonas por ser el dueño del molino, Kandar por la herrería. Todos se reían de Eley, pero Eley tenía la montaña, el bosque, los caminos a la luz de la luna y todo el aire fresco del mundo. Y algún día, de ser cierto lo que dijo su abuela, Eley pondría y quitaría incluso a reyes de su trono. Se sobresaltó al oír un sonoro aullido. El joven lobo blanco aullaba a la luna desde las rocas más al este. ¿Debía temerlo? No. Aún era el principio del otoño. El joven lobo blanco tenía a su disposición mucha caza. Los lobos solo debían preocuparle cuando el otoño avanzaba y se aproximaba el invierno. Entonces se volvían osados, pero para entonces habría bajado ya al pueblo.

           En su intención no estaba alejarse demasiado del refugio. Pero la noche era clara, sus ojos estaban abiertos como platos sin ningún resquicio de sueño y todo invitaba a caminar. Cuando quiso darse cuenta había cruzado ya el regato saltando sobre las piedras resbaladizas que lo salvaban.

          Un nuevo ruido atrajo su atención. Procedía de más arriba y tardó en reconocerlo. No era ruido de ningún animal ni podían hacerlo los árboles mecidos por el viento. Aquel era ruido de humanos. Jinetes. Identificó su origen. Más arriba de la ladera y hacia el oeste. Sí, debía tratarse del Camino Real. Alguien, por el sonido al menos siete u ocho hombres, cruzaban el bosque y lo llenaban del golpeteo rítmico de los cascos y de las hebillas metálicas y de sus armas…

          Sintió rechazo. Sintió incluso miedo. No era habitual que alguien se internara en el bosque de noche, y menos forasteros a caballo. No sentía ningún deseo de encontrarse cara a cara con ellos. ¿Forajidos? ¿Caballeros? ¡Qué más daba! Quien quiera que fuera había venido a interrumpir la paz de la noche y su paseo. Lo más sensato sería volver al refugio e ignorarlo.

          Pero no lo hizo. Eley tomó un sendero que ascendía de forma tortuosa hasta el camino. Extremó las precauciones cuando estuvo cerca del camino y pisó con cuidado para no hacer ruido. Luego se ocultó entre la maleza justo en el momento en que la luz de unas antorchas daba la vuelta a una curva y penetraba en aquel tramo de camino. Eley cerró los ojos. Acostumbrado a la suave luz de la luna, aquel brillo chisporroteante le hacía daño en los ojos. Tardó algo en acostumbrar su visión a la luz y miró en aquella dirección del camino. Eran cinco jinetes. Uno de ellos venía embozado en un hábito gris y tenía su cabeza cubierta por una amplia capucha. Los otros hombres, impecablemente vestidos de verde y oro, debían ser hombres de Jaun Rodei de Tarinne.

       Eley contuvo la respiración cuando oyó a un averroja cantar. Al momento una inquietud se apoderó de él. Toery siempre decía que las averrojas sólo cantaban de día. Al momento supo que algo iba a pasar y deseó con todas sus fuerzas no encontrarse allí sino en el refugio junto a Unna, Mei, Toe, Tex y Jali.

          Los jinetes estaban tan cerca que casi podía oler su aliento. Pudo oír como dos de ellos hablaban.

          -Dijiste que estaríamos en Xemira poco después del anochecer.

          -Calculé mal…

          -¡Maldita sea Gron!

         -Ya te dije que hacía tiempo que no recorría este camino. Además, fue cosa vuestra lo de salir más tarde de Tarei. En cualquier caso, ya no podemos tardar mucho en llegar -El hombre que hablaba miró hacia el borde del camino pensativo- ¿lo habéis oído?

          Luego todo sucedió muy rápido. Las ramas chirriaron, las flechas silbaron, los caballos piafaron y tres de los guardas cayeron al suelo muertos. El hombre embozado en la túnica pareció confuso un momento y luego cayó también atravesado por el pecho y la espalda cuando parecía buscar en su cintura la espada que no portaba. El único guardia que quedaba vivo espoleó el caballo presa de la desesperación, pero su montura, encabritada, lo lanzó al suelo al borde del camino. Eley oyó el ruido de las ramas al quebrarse. El cuerpo del cuarto hombre descendía por el precipicio del borde marcando un surco a su paso por entre los helechos.

        Eley tiritaba y no tenía frío cuando vio que cuatro sombras surgían de entre los árboles, muy cerca de él, y entraban en el camino. Se pegó más al tronco cuando la luz de una de las antorchas que sostenían rozó su escondite.

          -¿Lo has encontrado?

          -No, el monje no lleva nada.

      -¡Maldita sea, no nos pagarán nada por matar guardias y monjes! ¡Tenemos que encontrarlo! ¿Has buscado bien?

           -¡Sí, joder, sí he buscado bien!

          -Registrad también a los soldados.

          -¿Los soldados?

          -Sí, eso dije, ¡Buscad!

          La luz de la antorcha se alejó un poco de su escondrijo y unas nubes se interpusieron ante la luna. Eley aguardó mientras los hombres completaban su registro y permaneció un rato más después de que siguieran el camino entre maldiciones. Desde el borde del camino un olor acre penetraba por sus fosas nasales. Era el olor de la sangre. Dobló una rodilla y notó que las piernas aún le temblaban. Se forzó a dar un paso y luego otro alejándose del camino.
Odiaba las guerras, odiaba la violencia, pero de algún modo la guerra había llegado hasta allí, hasta su bosque, hasta apenas unos metros de su refugio. Comenzó a retroceder por el mismo camino que le había llevado a la vereda del camino. La noche era un juego de luces con la luz de la luna apareciendo y desapareciendo entre las nubes y los árboles. Cuando se encontraba cerca del arroyo, la luna se ocultó de golpe y unas gotas finas comenzaron a colarse entre las copas de los árboles. Tropezó con algo y cayó al suelo. Se levantó con las manos arañadas y manchadas de tierra. Se sentía desconcertado. “Esa roca o lo que fuera no estaba ahí antes”. Un escalofrío recorrió su espalda. Había sentido un tacto blando junto a su tobillo antes de caer. ¿Qué era aquello?

          Eley palpó a tientas en la oscuridad y reconoció el tacto de la tela y la temperatura aún tibia de un cadáver. La luna salió de entre las nubes y lo reconoció. Era uno de los soldados que habían caído en la emboscada del camino. Tras deslizarse por la pendiente el hombre se había golpeado contra las rocas a la orilla del arroyo quedando con el cuello retorcido en una postura antinatural.

          Retiró la mano con nerviosismo y se incorporó dispuesto a alejarse de aquel cuerpo desmadejado cuanto antes. Pero la curiosidad lo retuvo y el brillo de sus ojos inertes muy abiertos a la luz plateada de la luna lo cautivó. Parecía bastante joven y de constitución menos corpulenta que el resto de los soldados y el monje.

           El joven lobo blanco volvió a aullar esta vez desde una posición más alejada que antes. Eley retiró un instante la mirada del cadáver y miró a su alrededor. Tal vez los asaltantes vinieran hacia allí para registrar también a aquel soldado. Pero no. Los había visto bajar por el camino en dirección a Xemira.

           Volvió a mirar al hombre y reparó en que su brazo derecho había quedado apresado debajo de su cuerpo. Le pareció ver que sostenía algo en su mano. Algo así como un tubo metálico. Sin pensar bien en lo que hacía, empujó con su pie el cuerpo que rodó un poco más dejando su brazo libre. Eley se recriminó el gesto. No estaba bien tratar con tan poco respeto a un muerto. Su espíritu podría indignarse y quién sabe que venganza podría buscar. Pero le podía la curiosidad. Tanto le podía que ni siquiera se planteó que aquellos hombres pudieran buscar aquel objeto y que podían volver a reclamárselo.

          Tomó el tubo metálico entre sus manos y lo examinó. El tubo contenía algo en su interior. Buscó a la luz de la luna hasta que dio con el cierre y abrió la tapa. Un pergamino se deslizó por el metal y fue a parar a sus manos. Estaba lacrado pero a aquel hombre ya no le servirían sus secretos en la otra vida. Eley soltó el lacre y examinó el documento a la luz de la luna. No sabía leer. No podía saber de que trataba, pero a la luz plateada los trazos refulgían y los adornos de las letras impregnaban el papel de color.

           Desenrrolló completamente el pergamino y evaluó su tamaño.

           “Sí, aquello serviría”.

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BREVE INTRODUCCIÓN

     Han pasado 17 años desde la muerte del glorioso rey Ariander III, el Grande, el Conquistador, el Paladín de la Fe y Caudillo de la Última Guerra de la Fe. Su muerte, a las puertas de lo que hubiera sido su mayor victoria, sumió al reino en el caos. La ausencia de un heredero legítimo y la misteriosa desaparición de su testamento, desencadenaron luchas sangrientas entre las facciones de los pretendientes al trono de roble.

          Ahora las aguas parecen haberse calmado. Las facciones negocian y buscan una salida que respete el status quo pero permita coronar un nuevo rey. Ariander, hijo de la reina viuda Korenne y del difunto rey, ha alcanzado la edad para ser coronado y parece ser el aspirante con más posibilidades. El apoyo del otrora pretendiente Nathaner, primo del anterior rey,  parece ser suficiente para convencer a los nobles y al Alto Consejo del reino. Pero sobre el joven Ariander aún pesan las dudas de los viejos hombres de estado acerca de su legitimidad. Entre otros los antiguos miembros del Alto Consejo de su padre.

          Aquellos que estuvieron a su lado en la campaña de Hamar y que fueron testigos de su muerte, víctima de un brutal asesinato, aún son presas del juramento que realizaron junto al lecho de muerte del monarca:

“Por el reino, honraremos la memoria de Ariander, defenderemos su sangre y su legado y saciaremos su Justicia”

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PRESENTACIÓN

Han sido muchas las dudas, muchos los momentos en que he pretendido mandarlo todo al carajo y aún así aquí estamos. Mi vida, como la de muchos en mi entorno, parece girar siempre en torno a la funcionalidad. El tiempo es oro y cada segundo debe apurarse en loor de los dioses de la utilidad. ¿Por qué entonces he dejado discurrir tantas horas emborronando papeles, inventando mapas, nombres, tiempos lugares?

Es una pregunta para la que quizás no tenga solución o tal vez sí. Quizás es que quien os habla en estos momentos es uno más entre los narcisistas que pretende haber hecho algo único, nuevo y diferente. A buen seguro no sea así. A buen seguro simplemente un mundo ha ido surgiendo a imagen y semejanza del que habito y los muchos que vagan en mis lecturas de años.

Muchos otros mundos quedaron atrás, en la papelera o fagocitados, alimentando al nuevo que ahora brota de su cascarón. Por alguna extraña razón, tal vez mi tesón o cabezonería ha crecido con los años, este mundo sin nombre ha comenzado a florecer en una peculiar primavera y se ha resistido a acabar en la basura de las ideas ignoradas.

Cuatrocientas páginas, un primer tomo con las historias concluyéndose a buen ritmo, un título entre los posibles, un amplio borrador de como las tramas continuarían en un segundo volumen, y un glosario que va engrosando con personajes y distintos aspectos farragosos que pretenden despejar la selva de un mundo por descubrir.

Mis queridos visitantes, os doy la bienvenida a un mundo que, aún sin nombre, ha comenzado a llenarse de vida.

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